Los lamentos nocturnos de un baúl revelaron el oscuro secreto de un magnate

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Isabel había estado trabajando en la Mansión Negra durante casi seis meses.

Seis meses acariciando la caoba pulida y el mármol frío, sintiendo el peso de una fortuna destinada a su dueño, no a ella.

Vivía en un piso pequeño al otro lado de Madrid, luchando por pagar la universidad de su hermana. Este trabajo era su salvación y, a veces, su tormento silencioso.

Don Federico Montenegro, un viudo con hábitos excéntricos, era conocido en toda la ciudad por su inmensa fortuna, acumulada con imperios inmobiliarios y proyectos tecnológicos mal adaptados y poco rentables.

Su mansión era un santuario decadente: techos artesonados, tapices franceses descoloridos y un olor permanente a cera y alcanfor en el aire.

Esa tarde, a Isabel le ofrecieron horas extras, un dinero que necesitaba con urgencia. El administrador de la finca, el estricto abogado Darío Quintana, le ordenó limpiar el ala este, una sección sellada durante años.

—Nadie debe entrar ahí, Isabel —advirtió Darío con voz áspera, ajustando sus gafas doradas—. Son documentos y recuerdos personales del señor Montenegro. Solo quita el polvo. No toques nada.

El ala este era un laberinto de sombras. Las cortinas de terciopelo bloqueaban la luz, dejando las habitaciones oscuras y sin ventilación. Cada paso de Isabel resonaba en el parqué, rompiendo un silencio de décadas.

En el centro de la sala principal, la llamada cámara de almacén, había objetos cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas inmóviles.

Isabel trabajó en silencio durante una hora, moviéndose con cuidado.

Entonces lo vio.

No era un fantasma, sino algo sólido.

Un arcón enorme, de madera oscura y pesada, reforzado con placas de hierro. Era casi del tamaño de un pequeño ataúd.

Mientras limpiaba el polvo del metal frío, se detuvo en seco.

Un ruido.

Al principio, tan débil que lo ignoró. Quizá las tuberías. La casa asentándose.

Pero volvió a oírlo.

Toc. Toc. Toc.

Rítmico. Deliberado.

Demasiado artificial para ser el viento.

El pánico la invadió. ¿Había un animal atrapado dentro? ¿Una rata enorme?

Se arrodilló y acercó el oído al arcón. El olor a polvo y moho le llenó la nariz.

Los golpes cesaron.

Pero en su lugar, escuchó algo peor.

Un sonido débil, casi un gemido. Un llanto ahogado por la madera gruesa.

—¿Hola? —susurró Isabel, con el miedo helándole la sangre—. ¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta. Solo el silencio opresivo de la mansión.

Pero lo sabía. Algo vivo estaba dentro.

El arcón tenía un candado oxidado. Era imposible abrirlo sin herramientas.

Cuando estaba a punto de huir, su mirada cayó sobre una mesita auxiliar, llena de libros amarillentos sobre leyes de propiedad y testamentos antiguos.

Y allí, capturando un fino rayo de luz, había una llave.

Pequeña. Pulida. Como si alguien la hubiese dejado allí hace poco.

La duda la abrumó. Si Darío descubría que había abierto el arcón, perdería su trabajo y el dinero que su hermana necesitaba.

Pero el sonido que había oído era humano.

Sus manos temblaban al introducir la llave. El mecanismo cedió con un *clic* seco que resonó como un disparo.

Inspiró hondo, cerró los ojos un instante, murmuró una disculpa silenciosa al cielo, y levantó la tapa unos centímetros.

La luz se mezcló con la oscuridad.

Lo que vio la dejó paralizada.

Tres pares de ojos.

Tres caras pequeñas, pálidas y esqueléticas la miraban, cubiertas de polvo, llenas de terror y desesperación.

Eran niños.

Mellizos, por lo parecidos que eran. Acurrucados bajo una manta sucia, abrazándose por calor.

Uno de ellos, un niño de pelo castaño, alzó una mano temblorosa hacia ella.

—Por favor… tenemos hambre —susurró, apenas logrando articular las palabras.

El horror golpeó a Isabel como un rayo.

Don Federico, el millonario, los había encerrado ahí.

¿Por qué?

¿Qué clase de hombre hacía eso?

Abrió el arcón del todo, dejando entrar la luz. Los niños eran demasiado pequeños para su edad (quizá cinco o seis años), aunque el abandono los hacía parecer más jóvenes.

—¿Quiénes sois? —preguntó Isabel en voz baja, arrodillándose junto al arcón—. ¿Por qué estáis aquí?

El niño de ojos grandes, temblando de miedo, respondió:

—Somos Javier, Clara y Pablo. Papá dijo que era un juego… pero llevamos mucho tiempo jugando.

Papá.

Don Federico Montenegro.

Antes de que Isabel pudiera preguntar más, el ruido de zapatos de cuero pulido resonó en el pasillo principal.

El abogado Darío Quintana volvía.

### LA TRAMA DEL ABOGADO

Los pasos se acercaban. La voz de Darío, seca y autoritaria, retumbó desde el vestíbulo:

—¡Isabel! ¿Terminaste en el ala este? ¡Firma el recibo de las horas extras!

El pánico la invadió. Si Darío la encontraba allí, con los mellizos al descubierto, no solo perdería su trabajo, sino que se vería envuelta en una pesadilla legal.

Se giró hacia los niños.

—Escuchadme —susurró con urgencia—. Soy Isabel. No os haré daño. Pero debéis quedaros en absoluto silencio. ¿Entendido? Ni un sonido.

Los tres asintieron con los ojos desorbitados.

Isabel bajó la tapa con cuidado, sin cerrarla del todo. Después, se arregló el uniforme, cogió su cubo de limpieza y salió de la habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Al llegar al pasillo principal, Darío la esperaba junto a la escalinata, con los brazos cruzados y su traje impecable.

—Has tardado demasiado —espetó—. El ala este no es tan grande. —Su mirada era afilada, sospechosa.

—Lo siento, señor Quintana —respondió Isabel, intentando mantener la compostura—. Había mucho polvo, sobre todo en los moldes del techo.

Darío la estudió, deteniéndose en el temblor de sus manos.

—Firma aquí y vete. Y recuerda: lo que pasa en esta mansión, se queda en esta mansión. Don Federico valora mucho su privacidad.

Isabel firmó con torpeza, incapaz de concentrarse.

Mientras Darío le entregaba el fajo de billetes, un pensamiento helador la atravesó: ¿Por qué el abogado protegía tanto el ala este? ¿Y por qué la llave del arcón era nueva, mientras el candado estaba oxidado?

—Una pregunta, señor Quintana —dijo con cautela—. ¿Tiene el señor Montenegro nietos? Vi unas fotos antiguas en el pasillo.

Darío se tensó. Por primera vez, su expresión se quebró.

—Don Federico —dijo fríamente— es un hombre solo. No tiene descendencia directa. Las fotos que viste son de parientes lejanos. Ahora, lárgate.

La respuesta fue demasiado agresiva.

Isabel abandonó la mansión, pero su mente ya no estaba en la matrícula de su hermana. Estaba en tres caras pálidas y hambrientas, encerradas en un arcón.

Esa noche, no pudo comer. No pudo dormir. Tenía que volver.

A la mañana siguiente, llamó a la mansión fingiendo haber olvidado su bolso. Darío, irritado, le dio permiso para recogerlo en la zona de servicio.

En vez de ir allí,En lugar de ir a la zona de servicio, Isabel se deslizó como una sombra hacia el ala este, donde encontró a los mellizos aún más débiles y decidió, con el corazón en la mano, que era hora de enfrentar a Don Federico y desenterrar toda la verdad, sin importar las consecuencias.

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