Los lamentos nocturnos de un baúl revelaron el oscuro secreto de un magnate

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Lucía llevaba casi seis meses trabajando en la Mansión de los Montenegro.

Seis meses acariciando la caoba pulida y el mármol frío, sintiendo el peso de una fortuna que no le pertenecía.

Vivía en un pequeño piso al otro extremo de Madrid, luchando por pagar la universidad de su hermana. Este trabajo era su salvación y, a veces, su silencioso tormento.

El señor Montenegro, viudo de costumbres extrañas, era conocido en toda la ciudad por su inmensa fortuna, amasada con imperios inmobiliarios y proyectos tecnológicos mal gestionados.

Su mansión era un santuario para lo ancestral: techos artesonados, tapices descoloridos y un aroma permanente a cera y naftalina en el aire.

Aquel atardecer, a Lucía le ofrecieron horas extra, un dinero que necesitaba con urgencia. El administrador de la finca, el severo abogado Javier Delgado, le ordenó limpiar el ala este de la mansión, una sección sellada durante años.

“Nadie debe entrar ahí, Lucía”, advirtió Javier con voz áspera, ajustando sus gafas de carey. “Son documentos y recuerdos personales del señor Montenegro. Solo quita el polvo. No toques nada.”

El ala este era un laberinto de sombras. Pesadas cortinas de terciopelo bloqueaban la luz, dejando las habitaciones oscuras y sin ventilación. Cada paso de Lucía resonaba en el parqué, rompiendo un silencio que parecía de siglos pasados.

En el centro de la sala más grande, el llamado cuarto de los recuerdos, había una pila de objetos cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas detenidos en el tiempo.

Lucía trabajó en silencio durante casi una hora, moviéndose con cuidado.

Entonces lo vio.

No era un fantasma, sino algo sólido e innegable.

Un arcón de madera oscura, enorme, reforzado con placas de hierro. Era tan grande que podía confundirse con un pequeño ataúd.

Mientras limpiaba el polvo del metal frío, se quedó inmóvil.

Un ruido.

Al principio, tan débil que lo atribuyó a las tuberías. Quizá la casa asentándose.

Pero volvió a oírlo.

Toc. Toc. Toc.

Rítmico. Deliberado.

Demasiado artificial para ser el viento.

El pánico la invadió. ¿Había un animal atrapado dentro? ¿Una rata enorme?

Se arrodilló y apoyó la oreja contra el arcón. El olor a polvo y humedad le llenó la nariz.

Los golpes cesaron, pero en su lugar escuchó algo peor.

Un gemido ahogado, casi un sollozo.

—¿Hola? —susurró Lucía, con el miedo helándole la sangre—. ¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta. Solo el silencio opresivo de la mansión.

Pero lo sabía. Algo vivo estaba dentro.

El arcón estaba cerrado con un candado oxidado. Parecía imposible abrirlo sin herramientas.

Justo cuando iba a levantarse y huir, su mirada cayó sobre una mesita auxiliar cercana, llena de libros polvorientos sobre testamentos y leyes.

Y allí, captando un tenue rayo de luz que se colaba entre las cortinas, había una llave.

Pequeña. Brillante. Como si alguien la hubiese dejado allí hace apenas un instante.

La duda la ahogó. Si Javier descubría que había abierto el arcón, perdería su trabajo. Perdería el dinero que su hermana necesitaba.

Pero aquel sonido no era imaginación.

Sus manos temblaban al introducir la llave en la cerradura. El mecanismo cedió con un *clic* seco que resonó en la habitación como un disparo.

Inspiró hondo, cerró los ojos un instante y levantó la tapa apenas unos centímetros.

La oscuridad se encontró con la luz.

Lo que vio fue un monstruo.

Tres pares de ojos.

Tres caritas pálidas y demacradas la miraban, llenas de terror y desesperación.

Eran niños.

Mellizos, por lo idénticos que eran. Acurrucados bajo una manta sucia, abrazándose para darse calor.

Uno de ellos, un niño de pelo castaño, alzó una mano temblorosa hacia ella.

—Por favor… tenemos hambre —musitó, apenas un hilo de voz.

El horror golpeó a Lucía como un rayo.

El señor Montenegro, el multimillonario, los había encerrado ahí.

¿Por qué?

¿Qué clase de hombre hacía eso?

Abrió el arcón del todo, dejando entrar la luz. Los niños eran demasiado pequeños para su edad (no más de cinco o seis años), aunque el abandono los hacía parecer aún más jóvenes.

—¿Quiénes sois? —preguntó Lucía en voz baja, arrodillándose junto al arcón—. ¿Por qué estáis aquí?

El niño de ojos grandes, temblando de miedo, respondió:

—Somos Álvaro, Clara y Daniel. Papá dijo que era un juego… pero llevamos mucho tiempo jugando.

Papá.

El señor Montenegro.

Antes de que Lucía pudiera preguntar más, el sonido de zapatos impecables resonó en el pasillo principal.

El abogado Javier Delgado volvía.

LA TRAMPA DEL TESTAMENTO

Los pasos se acercaban. La voz de Javier, seca y autoritaria, llegó desde el vestíbulo:

—¡Lucía! ¿Has terminado en el ala este? Necesito que firmes el recibo de las horas extras.

El pánico la inundó. Si Javier la descubría allí, con los mellizos al descubierto, no solo perdería su trabajo, sino que acabaría envuelta en una pesadilla legal.

Se giró hacia los niños.

—Escuchadme —susurró con urgencia—. Me llamo Lucía. No os haré daño. Pero debéis guardar silencio absoluto. ¿Entendido? Ni un solo sonido.

Los tres la miraron con los ojos muy abiertos.

Lucía bajó con cuidado la tapa del arcón, sin cerrarla del todo. Luego se ajustó el uniforme, cogió su cubo de limpieza y salió del cuarto, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Cuando llegó al pasillo principal, Javier la esperaba cerca de la escalera, con los brazos cruzados y su traje perfectamente planchado.

—Te has demorado demasiado —refunfuñó—. El ala este no es tan grande. Su mirada era afilada, sospechosa.

—Lo siento, señor Delgado —respondió Lucía, intentando mantener la compostura—. Había mucho polvo, sobre todo en los marcos del techo.

Javier la estudió, deteniéndose en el temblor de sus manos.

—Firma aquí y márchate. Y recuerda: lo que ocurre en esta mansión, se queda en esta mansión. El señor Montenegro valora mucho su privacidad.

Lucía firmó con una mano temblorosa.

Mientras Javier le entregaba un fajo de billetes, un pensamiento helador la atravesó: ¿Por qué el abogado protegía tanto el ala este? ¿Y por qué la llave del arcón era nueva, mientras la cerradura estaba oxidada?

—Una pregunta, señor Delgado —dijo con cautela—. ¿El señor Montenegro tiene nietos? Vi unas fotos antiguas en el pasillo.

Javier se tensó. Por primera vez, su expresión se quebró.

—El señor Montenegro —dijo fríamente— es un hombre solo. No tiene descendientes directos. Esas fotos son de parientes lejanos. Ahora, vete.

El tono fue demasiado agresivo.

Lucía abandonó la mansión, pero su mente ya no estaba en la matrícula de su hermana. Estaba en esas tres caritas pálidas y hambrientas, encerradas en un arcón.

Esa noche no pudo comer. No pudo dormir. Debía volver. Debía descubrir la verdad.

A la mañana siguiente, Lucía llamó a la mansión, pretextando haberA la mañana siguiente, cuando Lucía regresó sigilosamente a la mansión, encontró el arcón vacío y una nota sangrienta sobre el escritorio de Javier que decía: *”La justicia también sabe jugar a esconderse”*, y comprendió que los niños ya se habían llevado su propia venganza.

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