Tuve que inspeccionar el nuevo edificio de apartamentos. Lo habitual: ropa cara, clima artificial y ritmo acelerado. Pero cuando llegué a la entrada, todo se detuvo.
El polvo gris cubría la obra como una niebla espesa que apenas dejaba ver, pero ni toda esa suciedad podía ocultar aquella silueta.
«¿Señor Mendoza?» —preguntó nervioso mi chófer—. «¿Pasa algo?»
No respondí. Empujé la puerta y salí corriendo, sin importarme que mis zapatos de diseñador se ensuciaran hasta el tobillo.
Allí estaba ella. Una chica delgada, con un casco desgastado y un chaleco que le quedaba enorme por todos lados. Palaba cemento bajo el sol, empapada en sudor. Pero cuando se giró para secarse la cara… sentí como si algo me atravesara el pecho.
Esa mirada. Esos malditos ojos verdes.
Eran idénticos a los de mi esposa, que ya no está. Iguales a los de mi pequeña Sofía, que se perdió en el parque hace dos décadas y de quien todos me aseguraron que había muerto.
«¡Tú! ¡Eh, tú!» —le grité con la voz quebrada.
Ella soltó la pala asustada y retrocedió, bajando la cabeza.
«Perdone, jefe» —dijo temblando—. «Le juro que no estaba holgazaneando, solo me secaba. Por favor, no me despida, se lo suplico, tengo una abuela muy enferma».
Me acerqué tanto que pude oler el cemento fresco en su ropa. Le tomé las manos, llenas de callos y cortes.
«No voy a despedirte…» —le dije con lágrimas—. «Mírame. ¿Cómo te llamas?»
Ella levantó la vista, confundida y asustada. «Me llamo Lucía, señor… solo soy una obrera».
«No…» —negé con la cabeza y aparté su pelo sucio del cuello—. «Si eres quien creo, tienes que tener tres lunares aquí».
Lo que descubrí en su cuello me dejó paralizado. Pero justo entonces, apareció corriendo el capataz de la obra y me gritó algo que destruyó todo lo que creía saber sobre la desaparición de mi hija.
**El Capataz Sabía Algo**
El capataz llegó corriendo, el rostro enrojecido por la furia.
«¡Señor Mendoza! ¡Aléjese de esa chica ahora mismo!»
Lo miré sin comprender. Seguía sosteniendo las manos de Lucía.
«Esta obrera es problema» —siguió gritando el capataz—. «Lleva apenas una semana aquí y ya está causando problemas. ¡No puede andar molestando a los inversores!»
Lucía se soltó de mí de un tirón. Temblaba de pies a cabeza.
«No he hecho nada malo, don Arturo. El señor me agarró».
Sentí rabia. Una rabia que no experimentaba desde que perdí a Sofía.
«¿Cómo se atreve a hablarle así?» —le espeté al capataz—. «Esta chica no le ha hecho nada».
Don Arturo me miró como si hubiese perdido la cabeza.
«Con todo respeto, señor Mendoza, usted no conoce a esta gente. Son todos mentirosos. Vienen de quién sabe dónde, sin papeles, inventando historias para dar pena».
Algo en su tono me enfureció aún más. Pero también me hizo pensar. ¿Sin papeles? ¿De dónde venía esta chica?
Miré a Lucía. Ella mantenía la vista en el suelo, pero algo en su expresión me impactó. Miedo. Un miedo profundo que iba más allá de perder el trabajo.
«¿Dónde vives?» —le pregunté suavemente.
Dudó. Se mordió el labio.
«En… en una habitación alquilada. En el barrio de San Blas».
«¿Con quién?»
«Con mi abuela. Ya se lo dije».
«¿Y tus padres?»
Su rostro se tensó. Una lágrima rodó por su mejilla sucia.
«No los conozco, señor. Mi abuela dice que me abandonaron de bebé».
El mundo volvió a detenerse para mí. Bebé. Abandonada. Abuela. Las piezas empezaban a encajar de forma horrible.
«¿Cuántos años tienes?»
«Veintitrés, creo. Mi abuela no está muy segura».
Veintitrés. Mi Sofía tendría veintitrés años si aún viviera.
El capataz resopló impaciente. «Señor Mendoza, no debería perder el tiempo con…»
«¡Cállese!» —le grité—. «Está despedido. Salga ahora mismo».
Don Arturo palideció. Abrió la boca para protestar, pero algo en mi mirada lo detuvo. Se fue murmurando maldiciones.
Cuando quedamos solos —bueno, lo más solos que se puede estar en medio de una obra con cincuenta obreros mirando—, me arrodillé frente a Lucía.
Ella retrocedió, asustada.
«No voy a hacerte daño» —le dije—. «Solo necesito que me escuches. Hace veinte años perdí a mi hija en un parque. Se llamaba Sofía. Tenía tres años. Tenía tus mismos ojos. Y tres lunares en el cuello, justo aquí».
Le señalé el lugar donde había visto las marcas. Lucía se llevó instintivamente la mano al cuello.
«Mucha gente tiene lunares, señor».
«No como esos. Formaban un triángulo perfecto. Mi esposa decía que eran las tres estrellas del cinturón de Orión».
Vi algo cambiar en su expresión. Un destello de reconocimiento.
«Mi abuela…» —susurró—. «Mi abuela siempre me dice que mis lunares son especiales. Que son una señal del cielo».
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a estallar.
«¿Puedo verlos?»
Dudó un largo momento. Luego, lentamente, se quitó el chaleco y bajó el cuello de su sudada camiseta.
Ahí estaban. Tres lunares. Formando un triángulo perfecto. Las estrellas de Orión.
Me desplomé. Caí de rodillas en el barro y lloré como no lo hacía desde el funeral de mi esposa.
«Eres tú» —sollocé—. «Eres mi niña. Eres mi Sofía».
Lucía también lloraba, pero de confusión.
«No entiendo nada, señor. No soy su hija. Mi abuela me crió desde que tengo memoria».
«¿Cómo se llama tu abuela?»
«Doña Carmen. Carmen Delgado».
Ese nombre no me sonaba. Pero eso no significaba nada. Los secuestradores no usan sus nombres reales.
«Necesito conocerla» —le dije—. «Necesito hablar con ella».
Lucía se secó las lágrimas con el dorso de la mano. «Está muy enferma. Apenas sale de la cama».
«Entonces iré a tu casa. Por favor. Dame esa oportunidad».
Ella me miró con esos ojos verdes, idénticos a los de su madre, idénticos a los de mi Sofía. Y asintió.
**El Viaje hacia la Verdad**
Le dije a mi chófer que nos llevara al barrio de San Blas. Lucía iba callada en el asiento trasero. La miraba una y otra vez por el retrovisor.
Cada gesto. Cada movimiento. Buscaba rastros de mi hija en ella. ¿Sonreiría igual? ¿Tendría las mismas manías?
Pero veinte años son muchos. La gente cambia. Los niños se convierten en desconocidos.
«¿Está seguro de esto, señor?» —preguntó mi chófer en voz baja.
«Más que nada en mi vida».
Llegamos a una zona que ni siquiera sabía que existía en mi ciudad. Calles sin asfaltar. Casas de chapa y maderaLlegamos al hospital justo a tiempo para escuchar al médico susurrar que Doña Carmen no superaría la noche, y fue entonces, en ese cuarto frío y lleno de silencios, cuando Lucía me tomó la mano por primera vez—y supe que, a pesar de todo, el destino nos había dado una segunda oportunidad.