Una niña humillada en la escuela y el inesperado desenlace con su padre y sus aliados

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*Diario personal*

Capítulo 1

Olía a lluvia.

Eso es lo que pasa después de quince años entre metal y grasa: adivinas cuándo la presión del aire cae. Pero, mirando atrás, tal vez no era el tiempo. Tal vez era una advertencia.

Me limpié las manos en un trapo manchado de grasa y revisé el reloj. Las 14:45. Hora de ir por Lucía.

—¡Eh, Álvaro! ¿Ya te vas? —gritó Gordo desde debajo de un Seat 600. Gordo no era gordo; era un muro de músculos de casi dos metros que lloraba con los anuncios de pañales.

—Sí. Le prometí a Luli que iríamos por helado si sacaba una estrella hoy —dije, cogiendo las llaves—. Cierra si no vuelvo en una hora.

Subí a mi vieja furgoneta. No llevé la moto. Hoy quería ser solo “papá”, no el “Vicepresidente” de los Ángeles de Acero MC. Intentaba encajar en el molde que las madres del AMPA del Colegio Valle Verde querían para mí.

Exconvicto. Tres años por agresión. Un error de juventud, por un tipo que tocó a mi hermana. Pagué mi deuda. Monté un taller. Crié a mi hija sola después de que su madre desapareciera.

Pero para la gente de Valle Verde, con sus jardines perfectos y sus Audi eléctricos, yo era basura arrastrada a su código postal.

Al llegar al colegio, la fila de recogida era el caos habitual: padres impacientes y coches caros. Aparqué lejos para evitar miradas y caminé hacia la entrada.

Entonces oí las risas.

No eran risas de juegos infantiles. Eran cortantes, crueles. Un grupo se arremolinaba junto al mástil. Padres susurrando. Niños señalando.

Me abrí paso entre la gente. —Perdonen.

Y la vi.

No se me paró el corazón. Se me rompió.

Mi Lucía. Mi niña tímida de siete años, que dibujaba mariposas y rescataba gusanos del sol.

Estaba en el suelo.

No jugaba. Gateaba.

Avanzaba a rastras por la gravilla afilada del patio. Sus leggings rosas estaban rotos, manchados de sangre oscura. Lloraba en silencio, demasiado asustada para gritar.

Y sobre ella, cruzada de brazos, estaba la directora: Doña Carmen Rojas.

—Sigue, Lucía —ordenó—. Aquí no se flojeea. Termina la vuelta.

El mundo enrojeció. Un zumbido agudo llenó mis oídos.

No corrí. Me teletransporté. En un segundo, estaba arrodillado junto a ella, abrazándola.

Ella se encogió. ¡Se encogió!

—¿Papi? —lloriqueó—. Lo siento… no quería…

—Shh, cielo. Aquí estoy —murmuré, apretándola. Su corazón latía como un pájaro asustado. Sus rodillas, despellejadas.

Me levanté y miré a Rojas.

Mido uno noventa y peso ciento veinte kilos. Tengo tatuajes que suben por el cuello. Una cicatriz en la ceja. Normalmente, me encorcho para no asustar.

Hoy no.

Me erguí. El aire pareció enfriarse. Las risas cesaron.

—¿Qué demonios significa esto? —pregunté, con voz áspera.

Rojas no se inmutó. Ajustó las gafas con su mirada de asco habitual.

—Su hija agredió a una alumna. A mi hija, Laura. La empujó contra las taquillas.

—¡Miente! —gritó Lucía—. ¡Me robó mi dibujo! ¡Lo rompió!

—¡Calla! —rugió Rojas—. Aquí no toleramos violencia, señor Herrera. Si actúa como un animal, aprenderá a moverse como uno.

Miré a los demás padres. —¿Y ustedes? ¿Vieron cómo una adulta obligaba a una niña a arrastrarse?

Algunos apartaron la mirada. Uno, con polo de marca, espetó: —Si le hizo algo a Laura, merece castigo. Quizá si la criara mejor… —Miró mi mono de trabajo.

Rojas sonrió. —Llévesela. Y no vuelva mañana. Tres días suspendida.

*Sus superiores.*

El furia que sentí fue ácido puro. Quería destrozarla. Pero Lucía temblaba. Si golpeaba a Rojas, acabaría entre rejas.

Respiré hondo. Enjaulé al monstruo.

—Tiene razón. Me la llevo —dije, con voz helada.

La subí al coche. Limpié sus heridas.

—Papi… ¿soy mala? —preguntó, con ojos llenos de lágrimas.

—No, princesa. Eres lo mejor de este mundo —susurré, besándole la frente—. Y nadie volverá a humillarte.

Saqué el teléfono. No llamé a inspectores ni policías. Marqué un número que no usaba hace años.

—Gordo.

—¿Jefe?

—Pon el cartel de «Cerrado».

—¿Qué pasa?

—Llama a los del Este. A los Nómadas también.

—¿Esto es guerra? —preguntó, serio.

Miré por el retrovisor. Rojas reía con los padres. Como si hubiera sacado la basura.

—Sí, Gordo. Vamos al colegio.

*Fin del primer capítulo.*

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