Clara Álvarez tuvo polvo en sus pulmones y limpiador de limón en sus manos la mayoría de sus días, pero nunca le importó.
La finca Montenegro estaba enclavada en lo alto de una colina en Pozuelo de Alarcón, a cuarenta minutos de Madrid, un mundo aparte. Setos recortados, rejas de hierro forjado, columnas de piedra blanca. El tipo de lugar que la gente admiraba al pasar en coche.
Clara llevaba once años recorriendo aquel camino empedrado. Conocía cada crujido del suelo, cada mancha en los ventanales, cada marca rebelde en el mármol del recibidor. Sabía qué bombillas parpadeaban y qué grifos goteaban. Sabía que si no ajustaba la llave del baño de invitados, el agua correría toda la noche.
Pero, sobre todo, conocía a sus habitantes.
Javier Montenegro, cuarenta y tres años, inversor en tecnología y dueño de una sonrisa que valía millones, cuando se acordaba de usarla. Viudo desde hacía tres años, aún llevaba el anillo de boda por costumbre.
Su hijo, Lucas, de siete años, más torpe que un cachorro, todo rodillas raspadas, preguntas sin fin y abrazos inesperados.
Y Leonor.
La madre de Javier.
La matriarca.
Reina de la casa, aunque técnicamente vivía en un ático en Salamanca. Pero estaba allí tan a menudo que Clara a veces olvidaba cuál era su verdadera dirección.
Leonor Montenegro era de esas mujeres que notaban si movías un jarrón tres centímetros. Llevaba perlas mientras desayunaba y bebía el café como si este la hubiera ofendido personalmente.
Clara la respetaba.
Y también le temía.
Fue un martes por la mañana cuando todo cambió.
Clara llegó a las siete y media, como siempre. El aire de septiembre era fresco, y se abrigó más con su rebeca mientras caminaba desde la parada del autobús.
Dentro, la finca estaba en silencio. La entrada del servicio conducía al recibidor y luego a la cocina: un espacio impoluto con encimeras de granito y electrodomésticos de acero inoxidable que Clara limpiaba cuatro veces al día.
Colgó su abrigo, se puso las zapatillas de estar por casa, recogió su pelo en una coleta y revisó la lista escrita a mano sobre la encimera.
La lista de Leonor.
Un ritual diario.
**MARTES:**
– Pulir la plata del comedor.
– Cambiar la ropa de cama en la habitación azul de invitados.
– Limpieza a fondo del baño del pasillo superior.
– Desayuno a las 8:00: avena, fruta, café (sin azúcar).
Clara sonrió. A ella le gustaban las listas. Convertían lo abrumador en manejable.
Puso el café a calentar (fuerte, sin azúcar, dos tazas listas para Leonor a las 8:05 en punto) y empezó a preparar el desayuno.
A las 7:50, oyó pasos en las escaleras.
—¡Claraaa! ¿Hay tortitas? —preguntó Lucas, apareciendo en la puerta con el pijama de dinosaurio y el pelo revuelto.
—Hoy no —respondió ella, removiendo la avena—. Avena con fruta. Muy sano.
—Lo sano es aburrido —refunfuñó, subiéndose a un taburete—. ¿Hay fresas, por lo menos?
—Sí —dijo, colocando un bol frente a él—. Y si te las comes, serás fuerte como un… estegosaurio.
—Los estegosaurios comían plantas —replicó, cogiendo la cuchara—. Pero bueno, me gustan.
Le sirvió zumo de naranja y colocó una taza de café donde Leonor siempre la tomaba.
Justo entonces, se oyeron tacones en el pasillo.
—Buenos días, señora Montenegro —dijo Clara.
Leonor entró en la cocina con una blusa beige y pantalones de vestir, el pelo impecablemente recogido. Cogió el café sin mirar a Clara y dio un sorbo.
—Demasiado caliente —dijo, dejándolo de golpe.
—Lo siento, señora —respondió Clara—. La próxima vez lo dejaré enfriar un poco.
Leonor hizo un sonido indiferente. Su mirada recorrió la cocina antes de posarse en Lucas.
—Estás ensuciando el pijama —dijo.
Él se quedó quieto, revisándose.
—No hay nada, abuela.
—Pues habrá —replicó ella—. Y no te encorves.
Tomó otro sorbo y, antes de salir, añadió:
—Javier trabaja desde casa hoy. Vienen inversores esta tarde —dijo con desdén—. La casa debe estar impecable. Como siempre.
—Sí, señora.
Fue ya por la mañana cuando Clara notó que la puerta del cuarto de las joyas estaba entreabierta.
Era un lugar casi secreto, escondido tras el despacho de la planta superior. Un armario climatizado y una caja fuerte empotrada donde se guardaban las reliquias de los Montenegro. Dinero viejo, diamantes antiguos, oro heredado.
Clara solo iba a quitar el polvo.
Pero al pasar junto al despacho, vio la puerta ligeramente abierta.
Raro, pensó.
Leonor siempre lo mantenía cerrado.
Dudó, entró y pasó un paño por los estantes de cristal, con cuidado de no tocar nada. Todo parecía en su sitio. Aun así, un escalofrío le recorrió la espalda.
Salió y cerró la puerta tras ella.
No se dio cuenta de lo que faltaba.
No entonces.
Fue alrededor de las dos de la tarde cuando empezaron los gritos.
Clara estaba en el pasillo superior, pasando la aspiradora, cuando oyó la voz de Leonor.
—¡Es imposible! ¡Estaba aquí! ¡Justo aquí!
Luego Javier, intentando calmarla: —Mamá, por favor…
—No me digas que me tranquilice —espetó Leonor—. Me lo dio tu padre. Es lo único que me queda de él.
Clara apagó la aspiradora.
Los pasos se acercaban.
Retrocedió contra la pared cuando Leonor apareció de pronto.
—Clara —ladró—. ¿Has entrado hoy en el joyero?
Clara tragó saliva.
—He quitado el polvo, como todos los martes —dijo—. No he abierto nada. ¿Pasa algo?
—Ha desaparecido —dijo Leonor, con los ojos encendidos—. El collar de mi madre. El pendiente de esmeralda.
A Clara se le heló la sangre.
—No lo he visto —balbuceó—. Nunca lo he tocado.
—Eras la única aquí arriba —interrumpió Leonor—. Tú y esa otra chica.
“Esa otra chica” era Rosa, una empleada que a veces acudía los martes cuando había mucho trabajo.
—Solo estuvo dos horas —dijo Clara—. Y nunca entró aquí.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Leonor.
—Porque trabajamos juntas —respondió Clara, ruborizándose—. Hicimos la habitación de invitados y el baño. Señora Montenegro, se lo juro…
Javier apareció entonces, con la corbata deshecha y la frente marcada por la preocupación.
—Mamá —dijo en voz baja—, debemos actuar con calma.
—Alguien lo ha robado, Javier —replicó Leonor—. No desaparece así como así. Y no fuiste tú. Ni yo. Ni Lucas. —Su mirada se clavó en Clara—. Lo que nos deja a la servidumbre.
La forma en que dijo “servidumbre” hizo estremecerse a Clara.
—Llevo once años aquí —dijo con firmeza—. Nunca he cogido ni un alfiler.
Javier se frotó las sienes.
—Hay que llamar a la policía —dijo—. Para el seguro,Ella sostuvo el dibujo de Lucas entre sus manos, mirando cómo el sol de la tarde teñía de oro el papel, y supo que, al final, la verdad siempre encontraba su camino.