Un Corazón Salvaje Encuentra su Refugio en una Niña Valiente

6 min de leitura

**Nadie podía acercarse a él sin salir herido.** Un caballo salvaje, imponente y violento, destinado al sacrificio hasta que apareció una niña sola, abandonada, invisible para todos. Lo que hizo dejó al pueblo sin palabras y cambió sus destinos para siempre.

—¡Lárgate de aquí, mocosa! —gritó el carnicero, lanzándole un trapo sucio que ella esquivó por poco. Lucía corrió con el trozo de pan entre las manos, sin mirar atrás. Sus pies descalzos golpeaban las piedras del callejón mientras las risas de los adultos se perdían tras los muros.

No sabía qué hora era ni cuándo había comido por última vez. Solo sabía una cosa: no podía quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar. Cruzó la plaza mayor y se metió entre los arbustos detrás de las cuadras. Ahí, oculta tras la cerca de madera, se acurrucó con las piernas contra el pecho.

El pan estaba duro, pero no importaba. Lo mordió despacio, observando los movimientos al otro lado. Relámpago estaba inquieto otra vez. El caballo negro relinchaba con fuerza, golpeando el suelo con sus cascos. Era más grande, más oscuro, más salvaje que los demás. Cada vez que un hombre intentaba acercarse, el animal se erguía, amenazante.

Uno de ellos había caído la semana pasada. Se fracturó el brazo. Desde entonces, nadie se atrevía a entrar sin una vara. Lucía lo veía todo. Siempre. Día tras día, desde su escondite entre la maleza, seguía cada movimiento del animal.

Le fascinaba su fuerza, pero más aún ese aire de soledad que lo envolvía. No era rabia lo que lo dominaba, sino otra cosa: miedo, tal vez, o desconfianza, la misma que ella usaba como escudo.

Un portazo interrumpió sus pensamientos. Desde la oficina salió don Javier, el dueño de la finca. Caminaba con paso firme, flanqueado por dos peones. Uno llevaba una carpeta; el otro, una soga gruesa.

—No podemos seguir arriesgándonos —dijo don Javier sin alzar la voz—. Este animal no sirve. Está maldito o simplemente loco. Lo sacrificamos el lunes.

Lucía sintió un nudo en el estómago.

—¿Seguro, patrón? —preguntó uno de los hombres—. Podríamos venderlo barato. Alguien podría quererlo.

—¿Quién va a querer una bomba de tiempo con patas? —gruñó don Javier—. Ya está decidido.

Los hombres se alejaron. Lucía no se movió. No podía. Sus dedos se aferraron al tejido de su vestido raído. La palabra *sacrificio* le retumbaba en la cabeza como un eco helado.

Relámpago seguía agitado, golpeando la tierra con espuma en el hocico y la mirada perdida en el cielo. Lucía lo observó hasta que le ardieron los ojos.

Luego, sin pensarlo, se levantó, se escabulló entre los arbustos y desapareció.

Esa noche, la finca dormía. Las luces estaban apagadas, los peones roncaban en sus camastros, y el viento agitaba las ramas del olivo junto al portón. Lucía esperó hasta que todo quedó en silencio. Entonces cruzó el camino y se deslizó por el hueco que conocía entre los tablones del cercado. No llevaba linterna; no la necesitaba. La luz de la luna era suficiente.

Relámpago la vio al instante. Relinchó. Se movió con fuerza, golpeando el suelo. La niña se detuvo a tres metros de él, sin acercarse más. No dijo nada. Solo se sentó, no huyó, no extendió la mano. No intentó tocarlo. Bajó la cabeza y esperó.

El caballo resopló fuerte, pero no se acercó ni se alejó. Respiraba rápido, nervioso, como si no entendiera qué hacía esa criatura diminuta en su espacio.

Lucía levantó lentamente la mirada. Sus ojos se encontraron. Pasaron minutos, tal vez horas. Entonces el animal giró la cabeza, la bajó y se echó en el suelo, dándole la espalda.

Lucía no sonrió, no lloró. Se quedó ahí, respirando hondo.

Cuando el cielo empezó a clarear, se levantó despacio, salió por donde había entrado y volvió a desaparecer entre los arbustos. No dijo nada, pero esa noche algo cambió.

El sol apenas asomaba cuando los primeros rayos iluminaron el cercado. Lucía ya no estaba. Nadie notó su ausencia. Nadie supo que había estado allí. Y, sin embargo, algo se sentía distinto.

Relámpago permanecía echado en un rincón, con la cabeza baja y los ojos entrecerrados. No se movía como antes. No resoplaba ni pateaba las cercas.

Los hombres del establo, acostumbrados a su furia desde el amanecer, se detuvieron a observarlo con desconfianza.

—¿Qué le pasa? —preguntó Ramón, el capataz, rascándose la barba.

—No sé, pero no me gusta —respondió otro, apoyando un saco de cebada sobre una carretilla—. Se ve raro, tranquilo, como si estuviera enfermo.

Don Javier llegó poco después, con su sombrero de ala ancha y su paso firme. Al verlo, los hombres se cuadraron. Uno abrió la puerta del cercado.

—Este… —murmuró don Javier al ver al caballo tumbado.

—Así amaneció, patrón —dijo Ramón—. No se ha movido. Ni siquiera quiso el forraje.

Don Javier frunció el ceño. Entró al cercado con cautela, las manos en los bolsillos. Se acercó unos pasos. Relámpago levantó la cabeza al oírlo, pero no intentó levantarse. Solo lo miró. Sus orejas no estaban hacia atrás. Sus músculos, antes tensos como cuerdas, ahora parecían relajados.

—A lo mejor ya se cansó de pelear —dijo un peón desde la cerca.

Don Javier negó con la cabeza.

—Los caballos como este no se cansan. Solo esperan el momento para soltar su furia.

Se agachó, recogió un puñado de tierra húmeda y la dejó caer entre sus dedos.

—Ya tomé una decisión —añadió, poniéndose de pie—. No pienso correr más riesgos. Este animal tiene que irse.

Los hombres no respondieron. Todos sabían lo que *irse* significaba.

—Llama al veterinario —ordenó—. Que esté presente cuando lo hagan. Que sea rápido.

Ramón asintió en silencio y se fue.

Ese día, los rumores corrieron como el viento entre las paredes de la finca. Algunos decían que Relámpago estaba embrujado; otros, que era hijo del diablo. Nadie recordaba un animal tan bravo, tan indomable.

Habían intentado todo. Lo trajeron de un criadero prestigioso, con papeles, linaje y promesas de grandeza. Pero desde potro mostró rebeldía. No aceptó sillas, ni frenos, ni manos humanas. Los mejores domadores de Andalucía vinieron y se fueron, humillados, magullados, derrotados.

Y, sin embargo, esa mañana estaba quieto.

Nadie sabía por qué.

Nadie, excepto una niña escondida entre los matorrales, que lo observaba como cada día, con el rostro cubierto de polvo y los ojos grandes, como si viera algo que los demás no podían.

Lucía no comió ese día. No buscó pan ni rebuscó entre los cubos de basura del mercado. Solo se quedó en su rincón, mirando.

La noche anterior no había sido un sueño. Había estado con él. Lo vio de cerca, sintió su aliento caliente, su fuerza contenida. Y, por primera vez, no tuvo miedo.

Relámpago era como ella: salvaje, roto, acostumbrado a queLucía extendió su mano, y cuando sus dedos rozaron el pelaje oscuro de Relámpago, supo que ambos habían encontrado, al fin, un hogar en el silencio compartido.

Leave a Comment