EL VIUDO QUE PROMETIÓ NO VOLVER A AMAR, HASTA QUE CONOCIÓ A UNA MESERA CON CORAZÓN DE MADRE

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Ricardo Fernández se quedó paralizado en la entrada del restaurante del Hotel Vista del Guadalquivir, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto de piedra. Desde allí, vio algo que no veía hacía semanas: su hija Martina, de cuatro años, abría la boca con entusiasmo para recibir una cucharada de sopa. No cualquier cucharada, sino la que una joven camarera le acercaba con paciencia, sonriendo como si aquella escena fuera lo más normal del mundo. Martina, que había convertido las comidas en una batalla campal desde la muerte de su madre, ahora tragaba sin protestar, con las mejillas sonrosadas, y hasta levantaba el pulgar con la solemnidad de una reina en miniatura.

—¡Mira, papá! ¡Está buenísima! —exclamó Martina, limpiándose la barbilla con la servilleta que la camarera le alcanzó antes de que una gota cayera.

Ricardo sintió un puñetazo en el pecho. Aquel “papá” no era nuevo, pero la forma en que lo decía, con alegría y no con resignación, era como escuchar una canción que creía olvidada. A su lado, una niñera de traje impecable recogía sus cosas con expresión tensa.

—Señor Fernández… lo siento mucho, pero renuncio. Su hija es… demasiado complicada —murmuró, sin esperar respuesta.

Ricardo ni siquiera la miró. Hizo un gesto automático, como si hablara de un contrato y no de la quinta renuncia en menos de un mes.

—La liquidación estará lista mañana.

La niñera se marchó, y Ricardo siguió observando. La camarera le susurraba algo a Martina, como si compartieran un secreto. Martina reía con una risita tímida, pero auténtica. Ricardo tuvo la sensación de que, si parpadeaba, la escena se desvanecería.

—¿Quién es ella? —preguntó al gerente, Gonzalo Moreno, cuando lo vio acercarse.

—Una camarera nueva. Clara Ruiz. La contraté hace un mes. ¿Algún problema?

Ricardo negó con la cabeza sin apartar la vista.

—Al contrario… acaba de solucionar uno.

Gonzalo frunció el ceño, molesto. Era evidente que le molestaba ver a su personal “fuera de lugar”.

—Se supone que debe atender las mesas siete a doce, no hacer de niñera. Voy a hablar con ella.

—No —lo detuvo Ricardo, con una calma que sonó a orden—. Yo me encargo.

Ricardo avanzó hacia la mesa sintiendo que los últimos dos años lo golpeaban por dentro. Laura, su esposa, había muerto repentinamente, y desde entonces él se había refugiado en reuniones, viajes y contratos. Expandir su cadena de hoteles por Europa era más fácil que mirar a los ojos de Martina y admitir que él también estaba destrozado. Había regresado a Sevilla buscando “un nuevo comienzo”, pero lo único que encontró fue su incapacidad para acercarse a su hija sin que ella lo mirara como a un extraño con traje caro.

—¿Cómo has conseguido que coma? —preguntó, directo, sin rodeos.

Clara alzó la vista y se sobresaltó al reconocerlo. Apretó la cuchara como si fuera una prueba de fuego.

—Señor Fernández… yo… disculpe si me extralimité…

—Te he preguntado cómo lo has conseguido —insistió él, pero su tono no era duro, sino desesperado.

Clara respiró hondo y su expresión cambió, como si recordara que allí había una niña, no el dueño del hotel.

—Le conté un cuento —dijo, acariciando el pelo de Martina—. Le dije que las princesas aventureras necesitan energía para sus misiones. ¿Verdad, Marti?

—¡Sí! ¡Como Vaiana! —saltó Martina, orgullosa, abriendo la boca para otra cucharada.

Ricardo sintió un calor extraño detrás de los ojos. No era solo que comiera. Era que confiaba. Que se dejaba cuidar.

—Debo volver al trabajo, señor —musitó Clara, levantándose con esa incomodidad de quien siente que ha traspasado una línea invisible.

Ricardo asintió, pero antes de que pudiera añadir algo más, Gonzalo apareció con su tono severo.

—Señorita Ruiz, necesito hablar con usted. Ahora.

Clara lo siguió hacia la cocina. Ricardo se quedó con Martina, y la niña, como si el mundo se fuera a desmoronar, frunció el ceño.

—¡Quiero que Clara me dé de comer, no tú! —protestó, cruzando los brazos.

Esa tarde, en la suite presidencial, Ricardo intentó concentrarse en los papeles, pero la imagen de Martina riendo no lo dejaba. Entonces recibió una llamada de recepción: una joven insistía en despedirse de su hija. Se llamaba Clara Ruiz.

Cuando Clara entró, Martina corrió hacia ella como si fuera su lugar seguro.

—¡Clara, vamos a jugar!

Clara la abrazó con una sonrisa triste.

—Hola, princesa… he venido a decirte adiós.

Ricardo se levantó de un brinco.

—¿Adiós? ¿De qué hablas?

Clara miró al suelo.

—El señor Moreno me ha despedido. Dijo que abandoné mis funciones.

Ricardo sintió que la rabia le subía por la garganta. En su mundo, despedir a alguien era un trámite. Pero despedir a la única persona que había logrado conectar con Martina era… un sabotaje.

—¿Te ha despedido por ayudar a mi hija? —preguntó, incrédulo.

—Fueron las normas, señor Fernández. No debí dejar mi puesto.

Martina se aferró a la pierna de Clara como si su vida dependiera de ello. Ricardo la miró y, por primera vez en mucho tiempo, tomó una decisión impulsiva sin pedirle permiso a su propio miedo.

—Te ofrezco el doble de tu sueldo para que seas la niñera temporal de Martina.

Clara lo miró como si no hubiera oído bien.

—Señor… yo no tengo titulación…

—¿Y? —lo interrumpió él, señalando a su hija con la mirada—. Mi hija confía en ti. Eso vale más que cualquier diploma.

Clara dudó. Sus labios temblaron antes de hablar.

—Mi madre está enferma —confesó—. Necesita tratamientos caros. Yo estaba ahorrando… y ahora…

Ricardo se acercó, más humano que empresario.

—El hotel te cubrirá el seguro como empleada directa —dijo—. Y podemos hablar de un adelanto para lo urgente.

Los ojos de Clara se humedecieron, pero se mantuvo firme.

—Acepto… pero que quede claro que es temporal.

Ricardo extendió la mano.

—Bienvenida a la familia. Temporalmente.

Ninguno imaginó, al estrecharse las manos, que aquella palabra les dolería más que cualquier contrato. Porque con cada día que pasaba, “temporal” se parecía menos a una condición y más a una amenaza. Y esa amenaza se hizo más real cuando se acercó la gala anual del hotel, esa noche de lujo donde todo el mundo miraría, juzgaría… y donde la confianza de Ricardo sería puesta a prueba sin que él lo supiera.

Dos semanas después, la suite presidencial parecía otra. Había galletas en el horno, un delantal con estrellas colgado en una silla, dibujos pegados con celo en la pared y una niña que canturreaba mientras aplastaba masa con las manos. Ricardo observó desde el pasillo, sin entrar, como si contemplara una escena que no le perteneciese. Clara guiaba a Martina con una paciencia que no era aprendida, sino nacida de quien tuvo que madurar demasiado pronto.

—Ahora aplastamos así —decía Clara—, suave, como si fuera plastilina.

—¡Pero esta se puede comer! —se rió MartY así, entre risas, harina en la nariz y un amor que se negaba a ser temporal, Ricardo descubrió que las segundas oportunidades a veces llegan disfrazadas de delantales manchados y corazones valientes que enseñan que, después de la tormenta, siempre sale el sol.

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