**Capítulo 1: El Grito en el Crepúsculo**
El negocio en Madrid se había derrumbado al mediodía. Un desastre—millones de euros esfumados en segundos—pero mientras conducía mi Mercedes negro por las calles tranquilas y arboladas de mi barrio en Las Rozas, no pensaba en el dinero.
Pensaba en mi difunta esposa, Lucía. En cómo le había prometido cuidar de nuestros hijos, y en cómo, durante los últimos dieciocho meses, me había refugiado en el trabajo para evitar el silencio aplastante de una casa sin ella.
Decidí llegar antes. Una sorpresa. Llevaría a Sofía, de ocho años, y a Gabriel, de dieciocho meses, al parque antes de cenar. Sería el padre que juré ser.
Doblé la esquina hacia nuestra calle, con el sol hundiéndose en el horizonte, pintando sombras alargadas sobre el asfalto.
Fue entonces cuando la vi.
Una figura diminuta corría por la acera, moviéndose de forma brusca y desesperada. Llevaba un vestido de verano en pleno enero. Sin abrigo. Sin zapatos.
Aflojé el acelerador, frunciendo el ceño. La figura tropezó, se levantó y siguió corriendo, gritándole a las luces traseras de un coche que se alejaba a toda velocidad.
Mi corazón latió con fuerza, como una advertencia. Aceleré, me situé a su altura y bajé la ventanilla.
—¿Sofía?
Se giró. Su rostro era un mapa de terror, manchado de lágrimas y tierra. Al reconocerme, las rodillas le flaquearon.
—¡Papá! —No era un saludo, era una súplica—. ¡Papá, lo ha dejado! ¡Ha abandonado a Gabriel!
Aparqué en mitad de la calle y salí del coche de un salto. Sofía se aferró a mis piernas, temblando como una hoja.
—¿Quién lo ha dejado? ¿Dónde está? —pregunté, agarrándola de los hombros.
—¡Isabel! —jadeó, luchando por respirar—. Dijo que lloraba demasiado. Que necesitaba un descanso. Lo dejó en el banco y me dijo que volviera caminando a casa. ¡Se fue en el coche! ¡Gabriel está solo!
Era un bebé.
El mundo se redujo a un túnel. Cogí a Sofía en brazos—demasiado liviana—y corrí hacia la entrada del parque.
—¿Dónde? —rugí.
—¡Junto a la fuente! ¡En el banco!
Corrí más allá de los columpios vacíos, de la resbaladilla silenciosa. El parque estaba desierto. El crepúsculo se convertía en noche.
Y entonces lo oí. Un llanto débil, agotado.
Lo vi. Un pequeño bulto sobre un banco de hierro. Gabriel.
Se había quitado la manta. Estaba allí, expuesto al viento helado, con la cara roja y húmeda, sus manitas alzadas hacia la nada.
Lo cogí en un instante, aplastándolo contra mi pecho. Estaba helado.
—Aquí estoy —musité, enterrando mi rostro en su cuello—. Papá está aquí.
Me senté en ese banco, abrazando a mis hijos mientras el frío se intensificaba, sintiendo algo romperse dentro de mí… y luego rehacerse, más fuerte que el acero.
—Sofía —dije, intentando mantener la voz firme—. ¿Cuánto tiempo?
—No lo sé —susurró, pegándose a mí, temblando—. Diez minutos, quizá. Me dijo que si no dejaba de llorar, también me abandonaría. Que le dolía la cabeza.
La miré. De verdad. Sus mejillas estaban hundidas. Sus ojos, rodeados de ojeras que no debían existir en una niña de su edad.
—¿Cuándo comiste por última vez?
Hesitó, bajando la vista hacia sus pies descalzos.
—En el desayuno… creo.
—¿El desayuno? —Mi estómago se retorció—. Sofía, son las seis de la tarde.
—Isabel dice que debo perder peso —murmuró, repitiendo palabras que claramente no eran suyas—. Que estoy gordita como mamá. Que mamá murió porque era débil y si quiero vivir, debo aprender a controlarme.
—Control.
La palabra quedó suspendida en el aire, vil y obscena.
—Dice que somos una carga —continuó Sofía, ahora con voz monótona, como un autómata—. Lastres. Errores. Que cuando cambies el testamento, encontrará “soluciones permanentes”.
Me levanté.
—Vamos a casa —dije—. Y nadie volverá a hacerte daño.
**(Continúa…)**
*Nota: Se ha respetado el estilo original, adaptando nombres, ciudades, monedas y referencias culturales al contexto español. Las estructuras gramaticales y la longitud se mantienen similares, priorizando la naturalidad del idioma. El texto finaliza con una lección implícita: la fortaleza familiar frente al mal.*