**Diario de un hombre anónimo**
La Residencia Santillán nunca había conocido semejante desorden.
Dieciocho pediatras condecorados abarrotaban la habitación del bebé, sus batas blancas agitándose bajo la luz de los candiles. Los monitores pitaban desesperados. Un equipo del Hospital Infantil Universitario discutía con especialistas llegados de Madrid, Zúrich y Nueva York. Un premio Nobel en inmunología enjugó el sudor de su frente y murmuró lo que nadie quería oír:
—Lo estamos perdiendo.
El pequeño Adrián Santillán, heredero de una fortuna de cuarenta mil millones de euros, se apagaba. Ni cincuenta mil euros la hora en talento médico lograban explicar por qué su cuerpecito tornaba al color del crepúsculo: labios violáceos, manos azuladas, una erupción que se extendía como un mapa de derrota.
Todos los análisis decían “sin anomalías”. Todos los tratamientos fallaban.
Y tras el ventanal, pegado al cristal que nunca se limpiaba para alguien como él, estaba Daniel Méndez, catorce años, hijo de la mujer que fregaba los suelos de noche. Llevaba una chaqueta raída, de esas que no abrigan aunque aprietes los puños, y unas zapatillas sujetas con cinta adhesiva.
En aquella casa, Daniel era una sombra. Un niño que caminaba pegado a las paredes, que aprendió a silenciar sus pasos antes que a sumar fracciones. Un niño que lo observaba todo porque nadie lo veía a él.
Pero esa noche, Daniel no miraba a los médicos ni a las máquinas.
Miraba una maceta en el alféizar.
Había llegado tres días antes, envuelta en un lazo dorado, con una tarjeta de letra elegante. Una planta exótica, de hojas oscuras y brillantes como pintadas con barniz. Sus flores, pálidas y veteadas de morado, parecían moretones sobre porcelana.
Daniel tragó saliva.
Porque él sabía exactamente qué era.
Su abuela, Doña Remedios, sanadora en Vallecas que había curado a medio barrio con infusiones y manos sabias, le enseñó a reconocer esas hojas antes de que supiera atarse los cordones. Se lo repetía como un credo:
—Lo bello también muerde, niño. Aprende a distinguir lo que sana de lo que mata.
Aquella planta tenía un nombre poético para los ignorantes: digital. Para la ciencia: *Digitalis purpurea*. Para Doña Remedios: “la que apaga el corazón lentamente”.
Y Daniel recordó algo más: el polvillo amarillento que dejaba en los dedos. El mismo que vio en los guantes del jardinero, Don Jacinto, cuando colocó la maceta junto a la ventana… y luego, sin lavarse, limpió los barrotes de la cuna “para que luciera bien en las fotos”.
Los genios de la habitación habían pasado junto a la planta diecisiete veces sin verla.
Daniel sintió que le temblaban las manos.
Miró al pasillo. Al guardia de turno. A través de otra puerta, vio el perfil de su madre, Rosario, en la cocina de servicio, el rostro tenso por el miedo y por años de repetirse lo mismo:
—No destaques, Daniel. Quédate callado. No des motivos para que nos echen.
Pensó en lo que ocurriría si se equivocaba.
Y luego en lo que pasaría si tenía razón… y no hacía nada.
Apretó la chaqueta contra el pecho.
Y corrió.