Descubrí un plan retorcido tras dejar a mi hijo en el frío para ‘darle una lección’

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**Capítulo 1: El Grito en el Ocaso**

El trato en Tokio se había venido abajo al mediodía. Un desastre: millones de dólares evaporados en segundos. Pero mientras conducía mi Mercedes negro por las calles tranquilas de mi barrio, no pensaba en el dinero.

Pensaba en mi difunta esposa, Lucía. En cómo le había prometido que cuidaría de nuestros hijos y cómo, durante los últimos dieciocho meses, me había enterrado en el trabajo para escapar del silencio aplastante de una casa sin ella.

Decidí llegar temprano. Una sorpresa. Llevaría a Sofía, de ocho años, y a Mateo, de dieciocho meses, al parque antes de cenar. Sería el padre que prometí ser.

Al doblar la esquina hacia nuestra calle, el sol se hundía en el horizonte, proyectando sombras alargadas sobre el asfalto.

Entonces la vi.

Una figura pequeña corría por la acera, moviéndose a saltos, desesperada. Llevaba un vestido de verano en pleno invierno. Sin abrigo. Sin zapatos.

Aflojé el pie del acelerador, frunciendo el ceño. La figura tropezó, se levantó y siguió corriendo, gritando tras las luces traseras de un coche que se alejaba a toda velocidad.

Mi corazón martilleó una advertencia contra mis costillas. Aceleré, alcanzándola, y bajé la ventanilla.

—¿Sofía?

Se giró. Su rostro era una máscara de terror, manchada de tierra y lágrimas. Al verme, las rodillas le flaquearon.

—¡Papá! —Su grito no era un saludo, era una súplica—. ¡Papá, lo dejó! ¡Dejó a Mateo!

Aparqué en mitad de la calle y salí del coche en un instante. Sofía se aferró a mis piernas, temblando, hundiendo los dedos en mi traje.

—¿Quién lo dejó? ¿Dónde está? —exigí, agarrándola por los hombros.

—¡Isabel! —lloró, ahogándose—. Dijo que lloraba demasiado. Que necesitaba un respiro. Lo dejó en el banco… ¡y me dijo que caminara a casa! ¡Papá, está solo!

*Es solo un bebé.*

El mundo se estrechó hasta volverse un túnel. Levanté a Sofía —aterradoramente liviana— y corrí hacia la entrada del parque.

—¿Dónde? —rugí.

—¡La fuente! ¡El banco junto a la fuente!

Pasé los columpios vacíos, el tobogán silencioso. El parque estaba desierto. El ocaso se convertía en noche.

Entonces lo oí. Un llanto débil, agotado.

Allí estaba. Un bultito sobre un banco de metal. Mateo.

Había pateado su manta. Estaba expuesto al viento helado, la cara roja y húmeda, las manitas alzadas hacia la nada.

Lo cogí en un instante, aplastándolo contra mi pecho. Estaba helado. Su piel era hielo bajo el pijama.

—Aquí estoy —susurré, con la voz quebrada, enterrando la cara en su cuello—. Papá está aquí.

Me senté en ese banco, abrazando a mis dos hijos mientras caía la temperatura, y sentí algo dentro de mí romperse… y luego rehacerse, más duro que el acero.

—Sofía —dije, intentando que mi voz no temblara—. ¿Cuánto tiempo?

—No sé —musitó, pegándose a mí, tiritando—. Unos diez minutos. Isabel dijo que si no dejaba de llorar, me dejaría también. Que le dolía la cabeza por nuestra culpa.

La miré. *De verdad.* Las mejillas demacradas. Los ojos hundidos, rodeados de ojeras que no deberían existir en una niña de ocho años.

—¿Cuándo comiste por última vez?

Vaciló, bajando la vista.

—El desayuno… creo.

—¿El desayuno? —Mi estómago se retorció—. Sofía, son las seis de la tarde.

—Isabel dice que debo adelgazar —murmuró, repitiendo palabras que no eran suyas—. Que estoy gordita como mamá. Que mamá murió porque era débil y enferma, y que si quiero vivir, debo aprender control.

*Control.*

La palabra flotó en el aire frío, vil y obscena.

—Dice que somos una carga —continuó Sofía, con voz monótona, como un robot—. Anclas. Errores. Que cuando cambies el testamento, buscará «soluciones permanentes».

Me levanté.

—Vamos a casa —dije—. Y nadie volverá a haceros daño.

**Capítulo 2: El Monstruo en la Cocina**

El trayecto al ático fue en silencio. Llevaba la calefacción al máximo, pero no podía dejar de temblar.

Abrí la aplicación de seguridad en el móvil. Había cámaras en cada habitación, instaladas dos años atrás—cámaras que Isabel conocía. Nunca las había revisado. Había confiado en ella. Había agradecido que una mujer joven y hermosa quisiera criar a un viudo con dos hijos.

Dios, qué ciego había sido.

Rebobiné a las cuatro de la tarde. En la grabación, Isabel servía una copa de vino. Mateo lloraba en su corralito. Ella se acercó, no para consolarlo, sino para patear el corral con tanta fuerza que se deslizó sobre el mármol.

—¡Cállate! —le gritó a mi hijo en la pantalla.

Entonces Sofía apareció en la imagen. Isabel la agarró del brazo, levantándola del suelo, y la empujó hacia la puerta.

Apagué el móvil. Había visto suficiente.

El ascensor privado se detuvo en nuestro recibidor.

—Sofía —susurré, entregándole al bebé dormido—. Llévate a tu hermano a tu habitación. Cierra con llave. No salgas hasta que diga tu nombre y te avise de que es seguro. ¿Entendido?

Asintió, con los ojos muy abiertos, y corrió por el pasillo. Oí el clic del cerrojo.

Entré en la cocina.

Isabel estaba allí. Hablaba por teléfono junto a la isla, riendo.

—Roberto, ya lo sé —decía—. Luego hablamos. Puede que él llegue pronto.

Colgó y se giró. Al verme, su expresión cambió al instante. La mueca de fastidio desapareció, reemplazada por una sonrisa radiante.

—¡Dani, cariño! —Abrió los brazos—. ¡Qué pronto llegas! Iba a empezar la cena.

No me moví.

—¿Dónde están los niños, Isabel?

No vaciló.

—En sus habitaciones. Los llevé al parque para que tomaran aire. Vinieron agotados.

—Los llevaste al parque —repetí.

—Sí, lo pasamos muy bien. —Inclinó la cabeza, fingiendo preocupación—. ¿Pasa algo? Estás pálido.

—Los encontré en el parque —dije, con calma mortal—. A Mateo solo en un banco, helándose. Y a Sofía corriendo por la calle, tratando de alcanzar tu coche después de que los abandonaras.

Isabel se detuvo. Su sonrisa titubeó, luego se convirtió en falsa conmoción. Se llevó una mano a la boca.

—Dios mío, Dani… Yo… me confundí.

—¿Confundiste?

—¡Fue una emergencia! —Las mentiras brotaron rápidas—. Mi madre llamó. Dolor en el pecho. Entré en pánico. Creí que Sofía llevaba a Mateo. Le dije que lo trajera a casa. Debí irme sin comprobar… ¡Estaba tan asustada!

—Tu madre vive en Canarias ——A tres mil kilómetros de distancia —dije, sin apartar los ojos de los suyos, que titilaron como los de un animal acorralado antes de que su máscara de inocencia se resquebrajara para siempre.

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