Conduje directo al hospital, rogando estar equivocada… y aterrada de no estarlo. El trayecto al hospital se sintió eterno, como si el tiempo se hubiese estirado.
Las ruedas del coche de Noé parecían clavarse en mi pecho, cada bache era un pinchazo agudo. No dejaba de mirarlo por el retrovisor, con el corazón martilleándome tan fuerte que retumbaba en mis oídos.
—Agua, cariño —susurré, apretando con fuerza el volante—. La abuela va a conseguir ayuda.
Al llegar a urgencias, ni siqueira me molesté en aparcar bien. Cogí a Noé en brazos y salí corriendo hacia las puertas de cristal automáticas.
Una enfermera de recepción se levantó al instante.
—¿Qué ocurre?
—Mi nieto —dije sin aliento—. No deja de llorar y he visto un moretón. Solo tiene dos meses.
Su expresión cambió de inmediato.
—Venga conmigo.
En cuestión de segundos, estábamos en una pequeña sala de reconocimiento. Otra enfermera me quitó a Noé de los brazos con delicadeza y lo tumbó sobre una mesa acolchada.
El niño chilló en cuanto le tocaron la tripa.
—Ahí es donde está el moratón —dije rápidamente, señalando con dedos temblorosos.
La enfermera le subió la ropita con cuidado.
En el instante en que lo vio, su rostro se ensombreció.
—Voy a buscar al médico —dijo con voz baja.
Se me cayó el alma a los pies.
Algo iba muy mal.
El doctor Vázquez llegó en cuestión de minutos. Era un hombre tranquilo, de mediana edad, con ojos cansados pero amables. Examinó a Noé con delicadeza, palpando suavemente alrededor del hematoma.
Noé volvió a gritar.
El médico frunció el ceño.
—¿Cuándo lo vio por primera vez?
—Hace diez minutos —dije—. Empezó a llorar desconsolado. Pensé que sería el pañal, hasta que vi el moretón.
El doctor Vázquez me miró fijamente.
—¿Alguien más se ha ocupado del niño últimamente?
—Solo sus padres —respondí.
Asintió lentamente.
—Vamos a hacerle una ecografía rápida.
Sentí una opresión en el pecho.
—¿Va a estar bien?
—Primero tenemos que comprobar algo —respondió con suavidad.
La máquina de ultrasonido zumbaba suavemente en la habitación silenciosa. La técnico movió el transductor sobre el pequeño abdomen de Noé mientras el médico estudiaba la pantalla.
Al principio, no distinguía nada. Pero el rostro del doctor se volvió cada vez más serio.
Luego se inclinó hacia el monitor.
—Deténgase un momento —dijo.
La técnico congeló la imagen.
El doctor Vázquez se volvió hacia mí lentamente.
—Señora —dijo con cuidado—, ¿el bebé se ha caído recientemente?
—No —respondí de inmediato—. Solo tiene dos meses. Apenas se mueve.
El médico asintió.
—Eso mismo pensaba.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Qué ocurre?
Vaciló.
Luego señaló la pantalla.
—Hay una hemorragia hepática.
El aire se me cortó.
—¿Qué?
—Parece como si alguien le hubiese apretado el abdomen con mucha fuerza.
Las rodajas me flaquearon.
—¿Apretado?
—Sí.
Miró de nuevo la pantalla.
—En bebés tan pequeños, incluso un agarre fuerte puede dañar los órganos.
Me quedé en blanco.
—¿Está diciendo que… alguien le hizo daño?
El doctor Vázquez no respondió directamente. Pero su silencio lo decía todo.
—Vamos a atenderlo de inmediato —dijo—. Y debido al patrón de las lesiones, estamos obligados a notificarlo a servicios de protección infantil.
Sentí que la habitación empezaba a girar.
—¿Protección de menores?
Asintió.
—En bebés tan pequeños, este tipo de hematomas son extremadamente raros si no ha habido un traumatismo.
Mis manos empezaron a temblar de nuevo.
—Doctor —susurré—, mi hijo y su mujer adoran a ese niño. Jamás le harían daño.
La voz del doctor Vázquez era tranquila.
—Lo entiendo. Pero tenemos que investigarlo todo.
Dos horas después, Noé se recuperaba tras una pequeña intervención en el brazo. El médico dijo que la hemorragia se había detectado a tiempo y que se recuperaría.
Pero el moretón… el moretón aún me atormentaba.
Estaba sentada sola en la sala de espera cuando sonó el teléfono.
Daniel.
—Mamá —dijo con ansiedad—, estamos en casa. ¿Dónde estás? Vega está muy preocupada porque Noé no está.
La garganta se me cerró.
—Daniel —dije lentamente—, estoy en el hospital.
Silencio.
—¿Qué?
—Noé está herido.
El pánico en su voz fue inmediato.
—¿Herido? ¡¿De qué hablas?!
—El médico —dije— dice que alguien le apretó con tanta fuerza que le provocó una hemorragia.
Se hizo un silencio largo y atroz.
Entonces Daniel dijo algo que me dejó el corazón en un puño.
—Eso es imposible.
—Daniel…
—No —cortó él abruptamente—. Mamá, Vega y yo jamás…
—Lo sé —lo interrumpí.
—Pero alguien sí lo hizo.
Otro silencio.
Luego oí la voz de Vega de fondo.
—¿Qué pasa?
Daniel le susurró algo.
Un segundo después, Vega cogió el teléfono.
Su voz temblaba.
—¿Un moretón? —preguntó—. Eso no es posible.
Se me revolvió el estómago.
—¿Por qué estás tan segura? —pregunté.
Su respuesta fue vacilante.
—Porque… Noé ya tenía ese moretón ayer.
Apreté el teléfono con fuerza.
—¿Lo visteis ayer?
—Sí.
—¿Y no lo llevasteis al hospital?
—Pensamos que simplemente era un moratón normal —dijo rápido.
Pero algo en su voz sonaba extraño.
Luego dijo algo más.
Algo que me erizó el vello.
—Ayer estaba mucho más oscuro.
De repente, la habitación se volvió gélida.
—Esperad —dije lentamente—. Si el moretón hoy estaba peor…
Entonces me asaltó un pensamiento aterrador.
—¿Con quién más estuvo solo Noé hoy… antes de que yo llegara?
Hubo un largo silencio al otro lado.
Y cuando Vega respondió al fin…
Su voz era apenas un hilo.
—…la canguro.
La palabra quedó suspendida en el aire entre nosotros.
El corazón dio un vuelco.
—¿Habéis contratado a una canguro? —pregunté.
Daniel retomó el teléfono.
—Solo a tiempo parcial —dijo rápidamente—. Unas horas por las mañanas para que Vega pueda descansar.
—¿Cuándo empezó eso?
—Hace unas dos semanas.
Cerré los ojos un momento, intentando regular la respiración.
—¿Y hoy? —pregunté—. ¿Estuvo con Noé antes de que yo llegara?
Daniel vaciló.
—Sí —admitió.
Se me revolvió el estómago.
—¿Cuánto tiempo?
—Una hora, más o menos. Vega tenía cita con el médico.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Daniel —dije con cuidado—, ¿notasteis algo raro en ella?
—No —respondió de inmediato—. Parecía encantadora. Tranquila, profesional. Tenía excelentes referencias.
—¿Cómo se llama?
—Laura.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió y entró el doctor Vázquez.
—Hemos estabilizado a Noé —dijo con suavidad—. Ahora está descansando.
Sentí un gran alivio, pero duró solo un instante.
—Hemos descubierto algo más —anunció.
Sentí de nuevo una opresión en el pecho.
—¿Qué?
Me tendió una imagen impresa del escáner.
—Mire aquí.
Miré fijamente la imagen Laura se arrodilló frente a su hija y con voz temblorosa pero firme empezó a explicarle la fragilidad de los bebés y la importancia de la delicadeza, mientras afuera, la primavera madrileña pintaba de luz las ventanas del hospital, prometiendo que la vida, aún en su fragilidad, siempre intenta abrirse paso.